Cronica de la Maraton de Berlin
El pasado 21 de Setiembre de 2025 completé la Maratón de Berlín.
La carrera
se corrió siete días antes del primer aniversario de la muerte de mi viejo. Y
este dato no es casual: de alguna forma, elegí atravesar el año de duelo
preparando esta maratón y corriéndola justo en esta fecha, como una forma de
homenaje.
A las 10 en
punto, el cañón de largada marcó el comienzo de la carrera, pero, a decir
verdad, yo ya había empezado a correr esta maratón varios meses antes… en mi
cabeza.
Me anoté en
la carrera a través de una agencia de turismo en España. Para poder enviar el
pago internacional, necesitaba una factura. Y entonces sucedió un error que no
sé ni cómo adjetivar: la factura vino a nombre de RICARDO BERJMAN, el
nombre de mi viejo.
“Pues ha
sido totalmente casual. Justo en el momento previo a hacerte la factura, había
contestado un correo de un cliente que se llama Ricardo”. Palabras literales
del hombre de la agencia cuando le consulté por el error.
Una factura!
El vehículo que eligen los contadores para aparecerse desde el más allá.
Fue un giño,
una señal. Como me dijo una amiga mística: “Las almas se permiten licencias.”
Este desliz
me alcanzó para confirmar que el viejo lobo iba a estar conmigo el día de la
carrera. Que, de algún modo, la íbamos a correr juntos.
Por eso,
cuando sonó el cañón, miré hacia arriba emocionado y lo busqué. No en plan de
reverencia, sino más bien con la certeza de decirle: ¡vamos viejo que
empezamos!
El duelo,
como la maratón, también tuvo su línea de largada. La encontré en sus objetos. Fueron
una forma de conexión y protagonistas en este recorrido.
Me llevé a casa una planta que vivió —vaya uno a saber cuántos años— en su
oficina. Fue testigo de sus rutinas y de su dedicación. Absorbió su energía.
Al principio, su presencia era imperativa, pero con el tiempo me fui
acostumbrando, como también a la idea de que ya no está.
Lo mismo me pasó con algunas remeras suyas que usé para entrenar, o con unas
zapatillas para correr que le había regalado el día del padre y que nunca llegó
a usar por estar internado.
Junto con mi
hermana, decidimos regalar algunos de sus objetos a sus amigos más cercanos. Me
reconfortó que pudieran tenerlo presente, no solo en recuerdos, sino también a
través de algo tangible. Un gesto simple que nos permitió honrarlo, e ir dejando
atrás etapas del duelo.
“Adelante
con los faroles”, “Ni
pelado ni con dos pelucas”, “Poniendo estaba la ganza”.
En vez de repetir los mantras de manual que recomiendan los expertos para
combatir el juego mental de los 42k, yo me llevé sus frases de cabecera. Otra
forma de tenerlo presente en la carrera.
Y como
broche de oro, en el kilómetro 32 me esperó Nati, mi esposa, con la remera que
mi viejo usaba para correr sus maratones. Me la cambie para llegar con esta en
la foto final: un homenaje dentro del homenaje.
Dicen que la
maratón es una gran metáfora de la vida. Que uno se transforma en el proceso de
prepararse y correrla. Que, al final, te llevás lo que pusiste. Y coincido con
todo eso.
Pero esta,
mi quinta maratón, no solo fue el vehículo, sino también la zanahoria que me
ayudó a transitar el primer año de la muerte de mi viejo.
Y, al mismo tiempo, fue el escenario para rendirle el mejor homenaje que pude.



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